07 septiembre 2008

Vuelta a lo natural


Ya sea por razones de salud, espirituales o ideológicas, muchas personas están viviendo una vida más simple.

Por Sara Del Valle Hernández /
En medio del verdor del bosque Carite, Raúl, su esposa Ivonne y su pequeño hijo Joaquín han decidido construir su Edén. El lugar que escogieron es idóneo para eso.
Allí, el mundanal ruido de la ciudad no llega. El canto de las aves que vuelan sobre los árboles se escucha constantemente. El aire se siente puro y la vegetación es profusa. Cuando a Raúl se le hacen notar estos detalles, sólo sonríe.
La familia de Raúl Rosado e Ivonne Reverón vive de lo que cultiva, de los vegetales y plantas medicinales que venden y de las clases para crear huertos orgánicos que ofrecen. No tienen comodidades, como televisor o acondicionador de aire, pero tienen tranquilidad y la certeza de que viven en armonía con la tierra. Para ellos, eso es más que suficiente.
¿Una utopía posible?
Cabe preguntarse si los puertorriqueños están preparados para la “simplicidad voluntaria”. Según el profesor universitario Manuel Febres Santiago, implementar aquí este estilo de vida puede ser muy difícil.
“Puerto Rico es uno de los países más consumistas del globo terráqueo”, puntualiza.
Para el antropólogo Jorge Duany, en Puerto Rico hay varias fuerzas que conspiran para que esto se dé. Una es la economía de consumo.
“En los últimos 50 años, el desarrollo económico en la Isla mide las cosas en cuántos televisores tenemos, automóviles, cuánto cemento hay. Va a ser difícil cambiar esa mentalidad. La ética de la austeridad y la moderación no es una de las virtudes que nos caracterizan”, argumenta.
Cuando se le pregunta si la recesión por la que atraviesa la Isla es un disuasivo para muchos consumidores, el estudioso sostiene que eso podría ser posible. “La gente está obligada a reducir sus gastos. Nuestra economía no es sostenible. Pero la falta de voluntariedad puede traer un elemento de frustración en muchos”, añade.

Aunque no lo llamen por su nombre, Raúl e Ivonne viven de acuerdo con los postulados de lo que se conoce como “simplicidad voluntaria”. Esta filosofía de vida, que comenzó a llamarse así durante la década de 1970, cuestiona la tendencia de equiparar dinero y posesiones materiales con calidad de vida.
“Es una iniciativa cada vez más común en Estados Unidos y Europa. Plantea regresar a formas más básicas, más en contacto con la naturaleza”, explica Jorge Duany, catedrático de antropología de la UPR.
Para la socióloga y criminóloga Lina M. Torres Rivera, este movimiento plantea alternativas a las crisis periódicas que se dan en los sistemas económicos. “La simplicidad voluntaria nos convoca al desarrollo sustentable”, manifiesta.
Torres Rivera sostiene que muchas personas escogen este estilo de vida por razones que pueden ser de tipo espiritual, ideológico, de salud, justicia social o de rechazo al consumismo de las sociedades capitalistas.
La experiencia boricua
Raúl e Ivonne son un matrimonio joven que hizo estudios universitarios de cara a conseguir un empleo remunerado. Sin embargo, sentían que algo les faltaba.
“Ambos estudiamos Administración de Hoteles y Restaurantes en la UPR de Carolina. Yo trabajé como cocinero y ella también trabajó en la industria”, cuenta Raúl.
El joven de 26 años recuerda que, aunque no tenía referentes previos sobre la agricultura, siempre sintió atracción por la vida en el campo. En sus días libres, se iba “p'al campo, p'al río”, a desconectarse.
En uno de sus viajes, específicamente a Utuado, conoció a la persona que cambió su vida: Jorge Pérez. “Cuando yo vi que vivía de lo que sembraba, sin grandes comodidades, en armonía con la tierra, decidí que quería hacer eso”, sostiene.
Tras hablar con su nuevo amigo y hacer arreglos para quedarse a vivir en la finca de Jorge, Raúl decidió dejar su trabajo. “Cuando mis papás se enteraron, pusieron el grito en el cielo. Ellos decían que me iba a morir de hambre”.
Estuvo en Utuado tres meses aprendiendo todo sobre huertos orgánicos, hasta que Jorge se casó. Con el conocimiento adquirido, se mudó a Ponce con sus padres, donde comenzó a hacer huertos caseros. Una vez Raúl comenzó a generar ingresos, sus padres cambiaron la postura que tenían sobre los sueños de su hijo.
En el caso de Ivonne, la historia no fue muy diferente. En esa búsqueda “del algo más”, recogió sus bártulos y se fue a Costa Rica a vivir en una finca de agricultura orgánica. “La finca era en medio del bosque. No salían de allí. No tenían luz eléctrica, cocinaban con leña. Vivían sustentándose, pero vivían felices. Cuando conocí a esta familia supe lo que quería, todo tomó forma”, rememora la joven, mientras se encuentra sentada en la escalera del vagón que han habilitado como hogar.
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Ditulis Oleh : Lourdes Cc // domingo, septiembre 07, 2008
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